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Muchas veces te encuentras ante una situación con tu hijo, donde no sabes como actuar, te desbordas frente a una pelea entre hermanos, renuncias a ayudarlo en las tareas por no poder más con la tensión o ya vas por el quinto “apuren que ya es la hora”… y nada.

Lamento comunicarte que no eres especial, es más, estas dentro de la media de padres que continua preocupándose por la educación de sus hijos; pero se encuentra con inconvenientes que hacen de la educación una tarea “de riesgo”.

Un poco de historia: La palabra disciplina ha tenido mala prensa por haberla asociado a conceptos como castigo, dureza etc. La palabra disciplina procede del latín disciplina y ya en el siglo XI hacia referencia a enseñar y dar instrucciones. La raíz de “disciplina” es discipulus, que significa “alumno o pupilo”. El discípulo aprende recibiendo instrucciones y no castigo.

El castigo obtiene una respuesta a corto plazo, y siempre dependiente de que exista un castigo previo; en cambio la enseñanza ofrece resultados a largo plazo y con independencia del castigo. Daniel J. Siegel y Tina Payne Bryson en su libro “Disciplina sin lagrimas “aportan ideas sobre como convertir una experiencia de castigo desagradable en una oportunidad de aprendizaje.

Podemos tomar el momento de la indisciplina como una oportunidad para redireccionar la conducta y unirla estrechamente a la relación emocional con nuestros  hijos.

La clave esta en prestarles una respetuosa conexión emocional combinada con límites firmes expuestos de forma clara que establezcan las reglas de juego que queremos promover.

¿Cómo hacerlo?

Cuando nuestros hijos actúan con rabietas, peleas o cualquier otro tipo de conductas inadecuadas tenemos que plantearnos que queremos enseñarles en ese momento para que puedan aprender a regular su conducta en futuras ocasiones sin la necesidad de que nosotros como adultos estemos actuando de reguladores externos. Deberemos tener en cuenta la edad del niño y ser conscientes de que esta es una practica que se debe ejercitar diariamente para que nuestros hijos la vayan asimilando poco a poco. No podemos pretende que reciban la información y sin mas la apliquen en el  futuro inmediato  como robots.

Ante cualquier dificultad de conducta debemos plantearnos tres elementos claves:

·         Ponerme en el lugar del niño preguntando que lo lleva a actuar de la forma que actúa. (empatía)

·         Que quiero enseñarle en este momento a mi discípulo aprovechando esta situación determinada. (intencionalidad)

·         Como se lo enseño

Imaginemos que al llegar de trabajar encontramos a nuestro hijo de doce años haciendo la tarea. Al cabo de diez minutos estamos revisando los deberes con el cuando el hermano pequeño de seis comienza con una rabieta en el salón alegando que se la destruido una construcción con cubos.

Nosotros, cansados por la jornada laboral, el estar pendientes de la tarea del mayor y muchas otras cosas mas, le regañamos por gritar de forma descontrolada y lo enviamos a su cuarto castigado.

“A tu cuarto castigado”

A corto plazo conseguimos que pare la rabieta, pero, realmente queremos enseñarle así?

Aprovechemos la rabieta como una oportunidad de comunicación emocional cercana y de enseñanza utilizando los tres elementos claves.

Ponerme en el lugar del niño preguntando que lo lleva a actuar de la forma que actúa (empatía).
Probablemente nuestro hijo pequeño también necesite de nuestra atención y tiempo, ya que nos ha echado de menos.

Que quiero enseñarle en este momento a mi “discípulo” aprovechando esta situación determinada (intencionalidad).
Podríamos enseñar que es bueno que pida a su manera lo que necesita, que hay otras formas de llamar la atención,

Como se lo enseño
Podemos conectar emocionalmente con el, diciéndole que entendemos que quiera jugar con nosotros, y que nosotros también, pero que con el llanto, no entendemos lo que nos esta pidiendo.

Podría ir preparando los cubos de las construcciones y cuando terminemos de revisar la tarea de su hermano, nos ponemos a jugar.

Estamos enseñando comunicación, autocontrol, tiempos de espera y tolerancia a la frustración.

De esta manera no solo abordamos el problema a corto plazo sino que le ayudamos a crear destrezas que el niño podrá utilizar de forma reflexiva y podrá gestionar de forma más adecuada sus emociones.

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